La indiferencia no es opción cuando se vive una noche vibrante en el estadio olímpico y participa Yelena Isinbayeva. Tampoco si lo ve el planeta entero por TV. Yelena Isinbayeva, con cuatro saltos ganó su segunda medalla dorada y con record olímpico. Con tres más, con el drama de los teatros, con el despliegue de los momentos memorables de la historia del deporte, batió otra vez el record mundial que había registrado en Mónaco hace menos de un mes, el 28 de julio. La reina Yelena de Rusia tuvo que forzar la máquina para conseguir la triple gloria (medalla, record olímpico, record mundial) y transformarse en otra estrella colosal de los Juegos. El atletismo con Yelena Isinbayeva, los 100 metros estremecedores de Usain Bolt y los 200 metros que aún le faltan al jamaicano, con mucho por correrse y saltar, busca equilibrar la fuerza que ha tenido el atletismo en Pekín 2008. Pero la historia de Yelena Isinbayeva en la calurosa noche de Pekin empezó mucho antes de su nuevo record mundial.
Faltaban diez minutos para el comienzo de la final del salto con garrocha y desde hacía por lo menos otros diez, varias de las 12 saltadoras se movían por la pista, hacían sombra, algunas carreras cortas, en fin, rutinas pre-competitivas. La mirada rápida de todos, indefectiblemente, buscaba a Yelena Isinbayeva, la reina de las alturas con garrocha. Todos llegaron al Nido de Pájaro seducidos por el aroma a nuevo record mundial y olímpico de esta garrochista que en Atenas 2004 ganó con 4.91 metros y desde entonces mejoró su marca en 13 centímetros. ¿Pero dónde se metió Yelena?
Los palcos de prensa otorgan ciertas ventajas. Y los camarógrafos son impertintentes acá y en la China. Perdón, en la China y allá. Audaz, un “cámara” la encuentra tendida en el piso, todavía con su indumentaria de campera roja y pantalón azul, con una toalla cubriendo su rostro. Le deja clavada la cámara. A los pocos segundos, Isinbayeva se descubre el rostro y advierte la presencia del camarógrafo. Yelena sabe saltar y sabe como manejar su imagen: se levanta los lentes para sol (¡ya era de noche!), guiña el ojo izquierdo y se vuelve a tapar la cara. El estadio no lo vió.
A partir de ahí empezó el show de Yelena Isinbayeva que duró más de tres horas y terminó con la medalla y el record mundial. Con susto, con drama, pero con final feliz. En la presentación una por una, la rusa fue la última en ser anunciada. El estadio la ovacionó y cuando la cámara volvió a enfocarla, le dió un beso a su dedo índice y se sumió en una larga espera. Pasaron las series de 4.30, 4.45, 4.55 y 4.65. Yelena se “dignó” a saltar en los 4.70. Pasó facil en el primer intento. Entre su abdomen y la varilla había distancia suficiente como para que pase un huracán.
Cumplidas dos horas de competencia, Isinbayeva apenas había saltado una vez. Se salteó los 4.75 y los 4.80 y fue directo a 4.85. Miles de espectadores deliraron y registraron el momento con sus cámaras. Tantos flashes generan una pared de luz blanca en el estadio que enceguece la mirada.
Isinbayeva salta, toma distancia y se acerca a la cabecera para ajustar detalles con su entrenador, Vitaly Petrov. ¿De qué hablarán? ¿Cómo se mejora la perfección? Yelena salta y se esconde debajo de su gorrita. Seca el grip de la garrocha y espera. Nadie duda que ya piensa más allá de la medalla. Planea el nuevo record.
La competencia no tiene mucho ritmo. Las protestas de la brasileña Fabiana Murer (le desapareció la garrocha y tuvo que usar otra) y de la norteamericana Jennifer Stuczynski le quitaron continuidad al trámite de la conquista de Isinbayeva. La rusa transformó esta competencia joven en los Juegos (viene de Sydney 2000) en una entrega en dosis para ganar. No tiene rivales que la obliguen y hay que conformarse con apenas lo necesario. Su reinado no tiene amenaza.
Llega al final para los 4.95. Sube, sube y sube bien u cuando pasa la varilla apenas la roza. Pero lo suficiente com opara que caiga. Primer mal salto de la rusa en la noche, ya en una marca superior a la que precisó para ganar en Atenas (4.91). La especie evoluciona. No hay dudas de que le molestó no cerrar la jornada de un único intento limpito. Se refugia en una toalla que tiene el mismo estampado que el pebetero olímpico. Su rostro es otro. Más seria, más concentrada, con más respeto por su profesionalismo. Se insulta y luego se da ánimo.
Ahí viene. Silencio total. Va y falla, pero esta vez peor. Se topa con la varilla con dureza. Por primera vez en mucho tiempo, luce desencajada y nerviosa. Consulta otra vez a Petrov en la platea y camina con paso marcial a realizar el último intento. Se toma los minutos reglamentarios para meditar el salto. Se envuelve en una manta en ese campamento que improvisó en el Nido de Pájaro al lado de la pista. ¿Puede ser qué falle? Yelena no falla. Isinbayeva pasa con margen, cae y festeja.
Tres horas más tarde, el ritual es el acostumbrado. Yelena da una mortal en el aire, busca a su gente para que le den la bandera rusa y corre desaforada tirando besos por la pista de atletismo. Se ríe y llora en un mismo gesto y termina posando con el tablero electrónico que marca su nuevo record: 5.05. Fueron tres intentos duros y costosos. Yelena se generó una presión con la posibilidad de subir más alto y el asunto distó de ser un trámite.
Ysinbayeva ha convertido al salto con garrocha en una experiencia por demanda. Todos vinieron para verla batir su nueva marca y ella le da al público lo que pide. Como las estrellas de rock cuando cierran un concierto y acceden a hacer unos bises como una concesión que en realidad es una convención. Yelena salta otra vez a la pista, su escenario, para tocar la que saben todos. Tuvo que esforzarse, inventarse una dificultad y superarla. Subió como un alma, quedó suspendida un instante y cayó como un angel.
Bella, simpática, sexy y competitiva, Yelena Isinbayeva le da al atletismo el impulso que las figuras consiguen imprimirle a su disciplina. Captura la atención de quienes pagaron fortunas en el estadio para verla y de los millones de televidentes del planeta. Tras unos juegos donde la natación ganó el centro de la escena, Ysinbayeva y Usain Bolt hacen volver a mirada hacia las pistas y el campo, el corazón de los juegos desde la antigüedad hasta la era del marketing. Blanca Vlassic, el sábado por la noche, intentará algo similar en el salto con altura. Y ahí estaremos.
Yelena Isinbayeva, doble medalla dorada en Atenas y Pekín, con record olímpico y en el final de la noche, nuevo registro mundial. Es una devoradora de sus propias creaciones. Insaciable.